Tenemos que hablar… de educación

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Hace ya unos años, uno de mis amigos, entonces profesor de literatura en una facultad de filología, fue a opinar sobre un asunto de educación, pero se frenó en el acto, y me dijo “bueno, mi opinión no importa porque no soy padre”. Otro de mis amigos, también profesor de literatura, pero en una facultad de magisterio (aunque nunca ha dado clase en Infantil ni en Primaria), defendía los estudios de neurociencia y para ello consideraba necesario cargar contra los pedagogos que “no tienen ni idea de nada porque no saben lo que es un aula”.

Quería traer estas dos opiniones porque creo que muestran bastante bien por dónde van los tiros en el debate educativo “de a pie”: todo el mundo tiende a opinar, pero algunos creen (de forma fundada o no) que sus ideas valen más que las de otros.

Yo, modestamente, tengo la impresión, y no creo que sea la única (habría que hacer un estudio cuantitativo para demostrarlo), de que hoy se habla de educación mucho más que en otros momentos. Y me parece una excelente noticia.

Siempre se ha hablado, claro: familias, profesorado, hasta la vecina de enfrente y el cuñado que nunca ha visto un bebé a menos de dos metros tienen teorías educativas, y por supuesto también las tienen los políticos y los economistas, aunque sea solamente en periodo electoral o para imponer la enésima reforma educativa mientras se invoca el increíble pacto de estado por la educación.

Pero no me refiero a eso; o sí, pero no solo. Me refiero a que hoy los asuntos relacionados con la crianza, la educación y la maternidad van ocupando un lugar importante en lo que podríamos llamar el “debate público”, ese vasto espacio de palabras que va desde las redes sociales hasta los periódicos pasando por las TED talk.

Y con este lugar más destacado podemos observar, también, un giro en aquello de lo que se habla. Hay más gente hablando del tema, se habla más, y también se habla diferente.

¿Todo vale, entonces, en el debate educativo? ¿Cualquier idea, venga de quien venga? Es una pregunta difícil de responder, pero sobre la que merece la pena pensar.

¿De qué hablamos cuando hablamos de educación?

Antes (me refiero a hace unas décadas), el debate popular parecía mucho más sencillo. Se limitaba a las quejas compartidas en la puerta del colegio y, cómo no, a los consejos (casi siempre no solicitados, y a menudo de mala fe) que se daban a las madres (no a los padres, ya se sabe): aquellos “te tiene cogida la medida”, “mira a ver que no vas a hacer nada con este niño”; o a los profesores que empezaban: “átalos en corto”, “no vayas de colega porque luego no te respetan”.

Hoy, sin embargo, las conversaciones son diferentes. Los padres y madres que en los parques hablan de educación ya no se limitan al “es que no sé cómo meterlo en cintura”, y hay al alcance de cualquiera muchos espacios (los mismos centros educativos, las salas multiusos de los ayuntamientos, las redes sociales) donde se habla de educación, sí, pero “respetuosa”, o “de calidad”, u “holística”, o “integral”. De crianza, sí, pero “con apego” o “democrática”. De maternidad, claro, pero “real” o “natural”.

Y este “ponerle apellidos” a los asuntos educativos es bastante sintomático. Yo, lo confieso, soy un poco reacia a este tipo de adjetivaciones, que a menudo multiplican y confunden más que aclaran. Me recuerdan a la conocida polémica que alimentó Esperanza Aguirre cuando, respondiendo a las reivindicaciones del 15M, arguyó que apellidar la democracia (en el 15M se hablaba de “democracia real”; ella evocaba la “democracia popular”, que todos sabemos en qué acabó), no auguraba nada bueno.

Estoy bastante de acuerdo con esa idea de Aguirre, pero entiendo que esta necesidad de matizar viene de la falta de identificación de la gente con aquello que subyace a las palabras.

Claro, si las palabras representan nuestro mundo pero, al mismo tiempo, configuran nuestra manera de pensar, a veces es necesario “salirse” de las palabras para cambiar de modo de pensar. Es decir, que si hay un movimiento más o menos mayoritario de personas que necesitan matizar palabras en principio tan claras como “educación” o “maternidad”, probablemente sea porque sienten que esas palabras, en su acepción, digamos, tradicional, ya no se corresponden con el mundo en que vivimos.

No, hablar de educación no es una moda

Hay quien lo tilda de moda. De boom. De burbuja. De orquestación marketiniana. A mí, humildemente, me parece que hay que ajustarse las gafas dos veces antes de hacer valoraciones tan generales.

Y es que las modas no surgen de la nada. Si se habla mucho de educación, y además, cuando se hace, se matiza la palabra, entonces es que hay muchas personas que necesitan un cambio educativo.

Si mucha gente habla, es que mucha gente escucha.

Y esto, unido al hecho de que internet nos ofrece la posibilidad de tener un espacio abierto, gratuito, donde exponer cualquier idea, por peregrina que puede parecer, genera este (mal) llamado boom de discursos educativos.

El debate educativo no tiene dueño

Volviendo a la doble anécdota con la que empezaba este post, lo que le contesté a mi primer amigo es que sí, que evidentemente que su opinión me importaba, aunque no tuviera hijos, porque para educar es necesario escuchar a toda la sociedad.

(A mi amigo que cargaba contra los pedagogos no le dije nada, la verdad. Di la causa por perdida, porque partía de un prejuicio, y los prejuicios son difíciles de cambiar). 

En definitiva, yo creo que todo el mundo puede hablar de educación, porque todo el mundo ha pasado (y pasa) por experiencias educativas y porque el cómo se educa afecta a toda la sociedad, independientemente de que se tengan, o no, menores a cargo

Sí: tu suegra y el vecino del quinto también pueden opinar.

Pero claro, y este matiz es muy importante, todas las opiniones no son iguales. Y esto es algo que en el internet de la dictadura del like a veces no queda claro.

En educación, no todos los discursos son iguales

Quienes escribimos y hablamos de educación deberíamos hilar muy fino en algunas cuestiones: porque opinar está bien, pero no es lo mismo que argumentar. 

Porque contar la propia experiencia puede ser muy pertinente en un momento dado, pero una experiencia individual no vale lo que un estudio académico. 

Porque comentar uno o dos libros que se han leído es muy interesante, pero no puede equipararse al conocimiento de alguien que ha estudiado un tema durante años.

Elisa Cadenas 1

Así que no, el discurso de la persona formada no es igual que el de quien “solamente” es actor educativo, y este tampoco es como el de quien no se dedica a educar, en ningún ámbito.

No quiero que se me malinterprete: no estoy reduciéndolo todo a una cuestión de títulos universitarios (además, todos sabemos que es necesario actualizarse). Hablo de tiempo de dedicación, reflexión, conversación y práctica.

Y, si se me perdona que me ponga un poco moralista (pero en educación lo moral es inexcusable), muchos likes y followers deberían significar mucha responsabilidad para con esas personas que están escuchando.

Porque en esos discursos del like hay, al final, mucha sobreinterpretación (mucha “innovación” que no lo es, mucho quedarse solo con algunas cosas y olvidar otras), mucha superficialidad, mucho reduccionismo.

La honestidad en el debate educativo

No me parece un problema que una persona se quede en los árboles y no sea capaz de ver el bosque, quizá porque está todavía en el camino o quizá porque, para su experiencia particular, eso le basta. Lo que me parece problemático es que esa persona les diga a otras qué deben hacer y cómo.

Lo que quiero decir es que sí, que cualquiera puede opinar sobre educación, pero de forma honesta. Si hablas de una pedagogía que acabas de descubrir, si estás contando simplemente tu experiencia como padre o profesora, deberías decirlo abiertamente, para que no haya lugar a dudas. 

Las palabras no tienen dueño, y las palabras que se usan para la educación, tampoco. Los consejos, las redes de apoyo de familia a familia, o de docente a docente, son muy necesarios y útiles, ayudan a crear comunidad y a sentir compañía y “calorcito”; los comentarios desafortunados o malitencionados solamente son ilícitos porque son intrusivos, pero no porque haya quien no pueda o no deba tener sus propias ideas educativas.

Pero cada discurso tiene su lugar y su público. Ni la experiencia de mi abuela, que fue madre de ocho hijos, es válida por sí sola para un congreso educativo ni las palabras de una pedagoga en una publicación especializada son lo que necesita una madre primeriza asustada porque su bebé no coge peso.

Esto parecía estar muy claro antes de internet, porque las palabras estaban contextualizadas (unas se decían en los parques, otras en los congresos de educación; y, por supuesto, estaban los libros, al alcance de cualquiera). Ahora, me temo, lo está menos, de ahí que sea necesario decir claramente desde qué lugar se habla cuando se habla de educación.
Por lo demás, bienvenido sea este boom, esta moda, esta nueva manía de poner la educación en el centro de los discursos ciudadanos.

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Sobre la autora
Ana Paradela
Ana Paradela

Ana Paradela es filóloga, profesora y redactora digital especialista en temas educativos.

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